Ilustración: Felipe Lira

Primer lugar

Naufragios

Las rederas navegan inmóviles, las veo en el galpón, sentadas ensimismadas en sillas de madera, cada señora encorvada sobre la suya amarrada a un quitasol Zofri como velas arriadas, esperando el sol imposible que las saque de ese negro mar de redes y que por fin abandonen la minuciosa tarea de coser las interminables artes de pesca antes de que las devuelvan al mar, y allá, en esa otra inmensidad, con cada puntada que asestaron calladas, naufraguen todas las penas que manoteaban mientras cosían a mano con la radio de fondo a todo chancho, sonando la más llorosa de los Ángeles Negros.

Cristian Gómez Reed, 40 años, Iquique.

Ilustración: Alex Peris.

Talento infantil

Colchane y lo que tienes

Colchane, el pueblo andino, con sus lluvias, tormentas y vientos helados nos azota en la noche y la mañana. A sus llamas y corderos les gusta pastar en el bofedal, a veces con lluvia, a veces con tormentas y en otros momentos con nieve. A veces la temperatura llega a bajo cero, y cuando voy a pastear las ovejas puedo observar los alegres cuyes que me miran con miedo y curiosidad.

Isaías García Felipe, 11 años, Colchane.

Ilustración: Jorge Dumois.

Talento Joven

Camanchaca

Un día, viajando en la carretera, nos metimos lento a un banco de camanchaca, claro, para evitar un accidente; asomándome por la ventana distinguí, entre la bruma, gente llevando herramientas y vigas, luego de una jornada extensa por un par de fichas. Eran trabajadores de las salitreras a quienes la camanchaca recogió en Iquique y ahora los llevaba a su hogar.

Benjamín Chambe Silva, 17 años, Iquique.

Ilustración: Paula Bustamante.

Talento mayor

Un recuerdo en la pampa

El 17 de julio del año 60 fue nuestro último día en Humberstone. La casa ya estaba vacía, todo muy bien guardado para partir a Iquique. Cuando recorrimos por última vez la casa, mi hermana se dio cuenta de que se le había olvidado guardar un calzón. Ella, la más traviesa, no dudó en correr con éste hacia el patio y tirarlo sobre las ramas del algarrobo que nos vio crecer. Nos fuimos. 33 años después volvimos a la oficina para recordar nuestra niñez. Curiosamente, el calzón aún flameaba desteñido en el mismo árbol.

Nancy González Cortés, 72 años, Iquique.

Ilustración: Marcela Peña.

Mención Honrosa

Tarde en Playa Blanca

Niños y perros merodean el cadáver del lobo marino. Los niños le tiran piedras y los perros lo husmean vivaces e inquietos. Luego se zambullen en el mar. “No le tirí piedras”, le grita un niño a la niña más grande del grupo. Yo estoy tumbado leyendo y oyendo el sonido de las olas romper. A esta altura de la soledad, el cuerpo inerte, tieso, inmóvil y hediondo del lobo ya empieza a parecerme una buena compañía.

Federico Bardauil Allegue, 28 años, Iquique

Ilustración: Felipe Echeverría.

Mención Honrosa

Sin mangos no hay paraíso

La Loca Charo, travesti emblemática del barrio, acompañó el paisaje de mi infancia y siempre la creí mujer. Hasta que un día la vi detrás de un poste arreglar su busto y a mis pies cayeron dos mangos. “¿Son suyos?”, pregunté. “Obvio, sin mangos no hay paraíso”, respondió, mientras se los volvía a acomodar en su repentino pecho plano.

Sebastián Zenteno Osorio, 29 años, Iquique

Ilustración: Jorge de la Paz.

Mención Honrosa

La última vez

Se prometió que sería la última vez y aspiró con fuerza el mono que acababa de comprar en Los Palafos. Del asco que le producía la lucidez pasó a la omnipotencia absoluta. Se llenó de euforia y corrió por las calles desérticas inundadas de espesa camanchaca. Agotado, se dejó caer en La Quebradilla, que era el único hogar que le quedaba. Cuando escuchó el camión de la basura descargando cemento y madera sobre su cuerpo tuvo tiempo de sonreír por un segundo. Esta vez lo había conseguido, realmente había sido la última vez.

Samanta Rojas Lara, 17 años, Alto Hospicio.

Ilustración: Felipe Lira.

Mención Honrosa

El cargador

El cargador era mi padre. Pasaba el día completo compartiendo con sus pares, cargando camiones que iban y venían del puerto a la Zofri. Cuando llegaba bien tarde se escuchaba en todo el pasaje de la Jorge Inostroza su silbar. Yo me alegraba, de seguro alguna novedad me traía en su bolso, aunque a veces sólo traía rabia y cansancio. Pero qué le importa eso a un niño que sólo quiere que lo suban hasta el cielo, allá donde se veía lo que guardaba la vecina arriba de su techo, el nylon para la lluvia y el mar.

Angélica Araya Morales, 40 años, Iquique.